Libra por libra, nombre por nombre, puesto por puesto, Barcelona es más que el Madrid. Y Messi, sencillamente, es demasiado. Para el Madrid y para todos.
Es la más escueta explicación que brota del triunfazo catalán en el reino de Castilla. Un partido cerradísimo, jugado al límite de lo físico, de lo anímico, de lo técnico y de lo reglamentario, lo decide un error, una pelota parada, un bombazo desde lejos... o un crack.
Esta última variante se impuso en el clásico español de todos los tiempos. Messi fue otra vez el abrelatas. Entró con una mentalidad excepcional para ganar el partido que puede decidir la Liga. Y quebró la muñeca del Madrid con otro gol de derecha (ante el Arsenal también convirtió con su pierna inhábil). A partir de ese instante, fue todo del Barsa: el fútbol, el dominio, las llegadas, la seguridad y, sobre todo, la estética.
Nunca en la historia del fútbol un partido normal de campeonato local despertó igual expectativa. Inglaterra, Alemania y Francia carecen de un clásico así. Sólo Boca-River puede compararse en atractivo, expectativa y rivalidad. Pero no están en el centro del universo futbolístico, que es Europa, y hoy específicamente España. Todos los medios del mundo lo anunciaron como si se tratara la final del torneo de su propio país. Gran orgullo para el balompié español por su presente glorioso, brillante (valga mencionar que, aún así, el presidente de la Federación Española desde hace 22 años, Ángel María Villar, recibe críticas feroces a diario, lo que deja una moraleja: nadie está conforme nunca con lo que tiene).
Ambos con 77 puntos, a ocho fechas del final, el interés por el choque hizo cima. Y los futbolistas captan cuando se trata de un compromiso de tan alta responsabilidad. Para el Madrid ganar era la gran chance de despegarse y acariciar la Liga, salvar el año y eludir la humillación a la que se somete sólo, por petulancia; para el Barsa, ratificar una supremacía excepcional.
Se jugó con tal velocidad, ardor e intensidad que aún con los mejores jugadores del momento, costaba pararla, dominarla, pues la presión era sofocante y lo barrían a quien osara tenerla más de un segundo. Quienes hablan de un partido "feo" están fuera de la realidad. Estos clásicos se juegan con el alma. Y es complicado brillar.
El cuadro de Pellegrini le hizo frente al campeón del mundo hasta el minuto 32, cuando Messi inauguró el marcador. Fue, eso sí, una oposición a pura pierna, sin fútbol. Con todo el respeto por el excelente entrenador chileno, aparece incomprensible ver a Guti en el banco y a Van der Vart o Xabi Alonso en el campo.
Hemos visto una función estelar de un binomio que puede hacer muchos más estragos todavía: Xavi-Messi. Se entienden casi sin mirarse. Lio se la toca y pica porque sabe que la bola le va a llegar puntual. Y justa.
Hemos visto la versión completa de Messi. Cuando no se puede golear, cuando escasean los espacios y sobran las rispideces, también lucha, recupera, se enoja, corre, baja. Todo lo suyo es bueno, útil, en función de equipo. El reloj marcaba 89 minutos y 58 segundos, y ya con el triunfo en la valija, voló con ambos pies hacia delante para interceptar un pase e iniciar otro avance.
Casillas le sacó dos latigazos de zurda que pedían red. Tiene una mente de acero y ninguna patada lo amilana. En las más altas esferas del Madrid temen (no sin razón), que Messi marque toda una época de gloria para el Barcelona, como sucedió con Di Stéfano en el Madrid desde 1953. A un club que llevaba 20 años sin ser campeón lo transformó en más ganador de la Tierra.
En ese final a puro toque del Barsa y a toda desesperación del Madrid, quedó una sensación: sólo un árbitro europeo (son pavorosos) puede permitir que Sergio Ramos termine el partido. Y que se vaya inmaculado de tarjetas. En apenas un minuto del segundo tiempo le aplicó un codazo a Puyol y un hachazo intimidatorio a Messi. Para Mejuto González ("uno de los mejores jueces europeos", lo catalogan) no mereció ni siquiera amarilla.
Tuvo Xavi la serenidad de Alejandro, el gran macedonio que en el fragor de la batalla mantenía la lucidez y el temple para conducir a su ejército hacia la victoria. Y Puyol fue, una vez más, un monumento al coraje. Es un jugador nacido para estos partidos. Nacido para vencer. Mención de honor para Víctor Valdés, aún con poco trabajo evidenció su enorme clase.
Cristiano fue la bandera del Madrid. No lució y perdió otra vez en el duelo con Messi. Las huestes de la intolerancia le caerán inclementes, pero se debatió sólo, sin un mediocampo capaz de abastecerlo, de respaldarlo con juego.
Triste epílogo del equipo de Bernabéu. Pegando, intimidando con el planchazo en lugar de tratar de progresar con la pelota. Es la furia del impotente. Cuando un equipo empieza a pegar es porque se siente menos. Así se sintió el Madrid.
WEBGRAFIA:
EL TIEMPO.COM/COLUMNISTAS/DEPORTES
FUTBOL EN EL ALMA.NET/MESSI
ELAFISIONADO.COM/BARCA
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